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Homilía de Su Santidad Benedicto XVI

Homilía de Su Santidad Benedicto XVI

 

MISA CONCLUSIVA DEL V ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS

Queridos hermanos y hermanas:

En esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir, concelebrando con numerosos Hermanos en el episcopado y con un gran número de sacerdotes, doy gracias al Señor por todas las amadas familias que os habéis congregado aquí formando una multitud jubilosa, y también por tantas otras que, desde lejanas tierras, seguís esta celebración a través de la radio y la televisión. A todos deseo saludaros y expresaros mi gran afecto con un abrazo de paz.

Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa: “Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones” (14,5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda “esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú” (2 Tm 1,5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones.

Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.

En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

A Ester su padre le había trasmitido, con la memoria de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios del que todos proceden y al que todos están llamados a responder. La memoria de Dios Padre que ha elegido a su pueblo y que actúa en 0la historia para nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina la identidad más profunda de los hombres: de dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad.

Con el pasar de los años, este don de Dios que los padres han contribuido a poner ante los ojos de los pequeños necesitará también ser cultivado con sabiduría y dulzura, haciendo crecer en ellos la capacidad de discernimiento. De este modo, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, se favorecerá que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran con ella el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello.

La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf. Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos.

Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.

La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad.

Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9). A este respecto enseña el Concilio Vaticano II que “los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar en la enseñanza cristiana y en los valores evangélicos a sus hijos recibidos amorosamente de Dios. De esta manera, dice el Concilio, ofrecen a todos el ejemplo de un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella” (Lumen gentium, 41).

La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos.

Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso, “deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia” (Familiaris consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.

Volvamos por un momento a la primera lectura de esta Misa, tomada del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, un prefiguración de María, que su Hijo nos ha dado a todos nosotros como Madre; una prefiguración de la Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar.

La familia cristiana –padre, madre e hijos- está llamada, pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si éstos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Éste es el mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a todas las familias del mundo. Amén.

 

Por Burillo - 9 de Julio, 2006, 12:36, Categoría: General
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Homilía de Su Santidad Benedicto XVI

Mensaje a los Obispos Españoles

FIRMADO POR SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

EN LA CAPILLA DEL SANTO CALIZ DE LA CATEDRAL DE VALENCIA


Queridos Hermanos en el episcopado

Con gozo en el corazón, doy gracias al Señor por haber podido venir a España como Papa, para participar en el Encuentro Mundial de las Familias en Valencia. Os saludo con afecto, Hermanos Obispos de este querido País, y os agradezco vuestra presencia y los muchos esfuerzos que habéis realizado en su preparación y celebración. Aprecio particularmente el gran trabajo llevado a cabo por el Señor Arzobispo de Valencia y sus Obispos Auxiliares para que este acontecimiento tan significativo para toda la Iglesia obtenga los frutos deseados, contribuyendo a dar un nuevo impulso a la familia como santuario del amor, de la vida y de la fe.

En realidad, la solicitud de todos vosotros ha hecho posible que se haya creado ya un ambiente de familia entre los mismos colaboradores y participantes de las diversas partes de España. Es un aspecto prometedor ante los deseos que habéis expresado en vuestro mensaje colectivo sobre este Encuentro Mundial, y también una invitación a recibir los frutos del mismo para proseguir una incesante e incisiva pastoral familiar en vuestras diócesis, que haga entrar en cada hogar el mensaje evangélico, que fortalece y da nuevas dimensiones al amor, ayudando así a superar las dificultades que encuentra en su camino.

Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés los acontecimientos de la Iglesia en vuestro País, de profunda raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a aportar al testimonio de la fe y a su difusión en otras muchas partes del mundo. Mantened vivo y vigoroso este espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad al alma de vuestro pueblo.

Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar (cf. Deus caritas est, 39).

En momentos o situaciones difíciles, recordad aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia [...], y no os canséis ni perdáis el ánimo» (12, 1-3). Proclamad que Jesús es «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), «el que tiene palabras de vida eterna» (cf. Jn 6, 68), y no os canséis de dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).

Movidos por vuestra solicitud pastoral y el espíritu de plena comunión en el anuncio del Evangelio, habéis orientado la conciencia cristiana de vuestros fieles sobre diversos aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los sencillos. Así mismo, habéis puesto la Eucaristía como tema central de vuestro Plan de Pastoral, con el fin de «revitalizar la vida cristiana desde su mismo corazón, pues adentrándonos en el misterio eucarístico entramos en el corazón de Dios» (n. 5). Ciertamente, en la Eucaristía se realiza «el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo» (Homilía en Marienfeld, Colonia, 21 agosto 2005).

Hermanos en el episcopado, os exhorto encarecidamente a mantener y acrecentar vuestra comunión fraterna, testimonio y ejemplo de la comunión eclesial que ha de reinar en todo el pueblo fiel que se os ha confiado. Ruego por vosotros, ruego por España. Os pido que oréis por mí y por toda la Iglesia. Invoco a la Santísima Virgen María, tan venerada en vuestras tierras, para que os ampare y acompañe en vuestro ministerio pastoral, a la vez que os imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.

Valencia, 8 de julio de 2006

 

Por Burillo - 9 de Julio, 2006, 12:36, Categoría: General
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LA ORACION

LA ORACIÓN

 

He guardado para hoy, un pasaje que a mi siempre me ha hecho un gran impacto en mi vida espiritual, es una de aquellas perlas escogidas en el antiguo testamento, y lo voy a compartir con vosotros, creo que es la culminación, tanto del tema de la oración, como del sufrimiento. En el pasaje de hoy se combinan de una manera admirable las dos situaciones y os pediría que intentarais mirar este pasaje con ojos frescos, tanto físicamente como en un sentido de aprendizaje, es decir que os olvidéis de aquellas ideas preconcebidas que tengáis sobre el pasaje.

(Génesis 32:22) "Se levantó aquella noche, tomó a sus dos mujeres, a sus dos siervas y a sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc. 23Los tomó, pues, y les hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía. 24Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. 25Cuando el hombre vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. 26Y dijo: —Déjame, porque raya el alba.

Jacob le respondió: —No te dejaré, si no me bendices. 27—¿Cuál es tu nombre?—le preguntó el hombre.—Jacob—respondió él. 28Entonces el hombre dijo: —Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. 29—Declárame ahora tu nombre—le preguntó Jacob. —¿Por qué me preguntas por mi nombre?—respondió el hombre. Y lo bendijo allí mismo. 30Jacob llamó Peniel a aquel lugar, porque dijo: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma». 31Ya había pasado de Peniel cuando salió el sol; y cojeaba a causa de su cadera. 32Por esto, hasta el día de hoy no comen los hijos de Israel del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo, porque Jacob fue tocado en este sitio de su muslo, en el tendón que se contrajo."

Hay dos grandes momentos en la vida de Jacob, Betel... el principio de su peregrinar con el Señor, y Peniel es el segundo momento estelar.

En primer lugar... ¿Cuál es el estado de animo de Jacob antes de que tenga lugar Peniel? Es un anochecer, parece que para Jacob, los encuentros con el Señor tenían lugar mas o menos en esta parte del día

Lo primero que observamos es que tenía un estado de miedo... (cap. 32:6-7)... La posibilidad... la casi seguridad del reencuentro con Esaú... "Los mensajeros regresaron a Jacob, y le dijeron: —Fuimos a ver a tu hermano Esaú; él también viene a recibirte, y cuatrocientos hombres vienen con él. 7Jacob tuvo entonces gran temor y se angustió; distribuyó en dos campamentos el pueblo que tenía consigo, y las ovejas, las vacas y los camellos, 8porque pensó: «Si viene Esaú contra un campamento y lo ataca, el otro campamento escapará"

Pobre Jacob... ¡400 hombres con Esaú¡, podéis imaginar como le subió la adrenalina rápidamente cuando le dan la noticia de que su hermano viene a recibirle con 400 hombres, ¿recordáis lo que había prometido Esaú respecto a su hermano?... Juró matarle cuando hubiese muerto su padre, y este era el momento. De ahí que la reacción del versículo 7 sea absolutamente justificada y lógica. "Entonces Jacob tuvo..." no miedo sino "gran temor y se angustió" las dos palabras juntas, temor y ansiedad... angustia.

Yo creo que este miedo también tenía dos dimensiones, por un lado un miedo físico a la muerte en combate... pero posiblemente lo que más le atormentaba a Jacob en aquellos momentos era otro tipo de miedo, era el miedo moral, la angustia y la incertidumbre de saber si su hermano le iba a perdonar o no. ¿Me perdonará mi hermano? ¿Habrá olvidado? ¿cómo reaccionará? ¿aceptará mis presentes? psicológicamente encontramos a un hombre perplejo, aterrado, paralizado... por el temor y la angustia por estas dos razones.

Debéis saber que Jacob aquí es un hombre mucho más maduro (como iremos viendo) del que se encontró con el Señor en Betel, y si Jacob era un hombre sensible, y parece que efectivamente lo era, creo que es lícito sospechar que durante todos estos años había tenido algún tipo, por lo menos algún tipo de sentimiento de culpa, o de remordimiento por lo mal que se había comportado con su hermano, y posiblemente Jacob estaba buscando y anhelando una posibilidad para la reconciliación.

No se cuantos de vosotros habéis estado o estáis en situación de enemistad, o de odio con alguien con quien habéis tenido un roce fuerte, seguramente la persona no ha jurado mataros, porque sería demasiado, ni os habéis batido en duelo como parecía que iba a tener lugar... pero si hay veces en que nuestras relaciones con alguien... un amigo o amiga, nuestra madre... padre... están profundamente deterioradas, y pagaríamos lo que fuera para que hubiera una reconciliación. Tenemos una serie de sentimientos mezclados, de culpa por un lado, de deseo de pacificación...

Imaginaos que se os avecina la cita y que la persona con la que vais a hablar y discutir, viene acompañada de su abogada, su pastor... y de todo un montón de gente, este sería el equivalente de los 400 hombres. ¿Cómo os sentiríais en aquellos momentos? Supongo que os sentiríais nerviosos, pero lo que más nerviosos os pondría sería la pregunta: "Me perdonará? ¿Será posible una reconciliación?

Pero fijaos como el estado de animo psicológico de Jacob, contrasta poderosamente con su estado de animo espiritual, y esta es la primera gran paradoja y lección de la que quiero que os deis cuenta. Psicológicamente encontramos un hombre angustiado, atemorizado, paralizado... pero espiritualmente encontramos un hombre pletórico de confianza, lleno de oración (versículos del 9 al 12) "Luego dijo Jacob: «Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: "Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien", 10¡no merezco todas las misericordias y toda la verdad con que has tratado a tu siervo!; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora he de atender a dos campamentos. 11Líbrame ahora de manos de mi hermano, de manos de Esaú, porque le temo; no venga acaso y me hiera a la madre junto con los hijos. 12Y tú has dicho: "Yo te haré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que por ser tanta no se puede contar"

¡Que diferencia de este Jacob con el de Betel! Un hombre que busca intensamente a Dios en oración y que confía, evoca, alude las promesas del Señor en el pasado. Encontramos también (y seguimos con el análisis espiritual de Jacob) un hombre con un profundo deseo de meditación (versículo 23) "Los tomó, pues, y les hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía. 24Así se quedó Jacob solo..." El deseo de quedarse solo era básicamente con la intención de meditar aquella noche, de reflexionar y probablemente orar; y sobretodo lo que observamos en Jacob es que era un hombre lleno de sed de Dios (versículo 26) " Y dijo: —Déjame, porque raya el alba. Jacob le respondió: —No te dejaré, si no me bendices " ¿Os dais cuenta del contraste, de la diferencia con Betel? ¿Quién tomó la iniciativa en Betel? Dios, ¿Quién toma la iniciativa en Peniel? Jacob... un Jacob mucho más maduro espiritualmente y que se caracteriza por ser un hombre de oración, de confianza, de reflexión... un hombre con sed de Dios.

Y quiero recalcar este contraste tan fuerte entre el estado anímico de Jacob y su estado espiritual, porque es perfectamente posible que tu y yo nos sintamos angustiados, paralizados por la adrenalina o lo que sea... perplejos psicológicamente y sin embargo estar espiritualmente con paz... lleno del Señor.

Jacob buscaba a Dios en Peniel independientemente de sus problemas psicológicos y de las circunstancias adversas, psicológicamente estaba desecho: "temo a mi hermano" sin embargo espiritualmente estaba lleno de confianza, y esta ambivalencia, esta paradoja es algo que se puede dar y que se da en la vida cristiana. Uno puede estar en un funeral llorando intensamente, y sin embargo en lo más profundo de su corazón alabar a Dios, descansar en Dios... confiar en Dios... y una cosa no quita la otra. Y ahí tenéis un ejemplo de cómo puede haber un contraste muy grande entre nuestro estado externo, visible, y la profundidad del estado espiritual. Jacob teme a su hermano y sin embargo busca a Dios intensamente en oración.

Vamos a ver el encuentro en sí, hemos visto en primer lugar el estado de animo de Jacob que veis que tiene muchos paralelos psicológicamente con Betel, pero absolutamente distinto desde el punto de vista espiritual respecto de Betel.

La oración por así decirlo entre Jacob y el ángel... yo creo que el encuentro tiene básicamente cuatro características:

En primer lugar el versículo 27 implica confesión y humillación, se inicia (si me permitís la expresión) los entremeses del encuentro de Jacob con el Angel, se inician con una experiencia que no es agradable en absoluto para un ser humano. Fijaos que pregunta más inocente... "el varón le dijo: ¿cómo te llamas?" ¿os parece inocente esta pregunta? Lo cierto es que es lo más normal que una persona le pregunte a otra ¿cómo te llamas?. Sin embargo sabéis que para un hebreo declarar su nombre declaraba un acto de abrirse profundamente porque daba a conocer los rasgo y el carácter más profundos de su persona. En otras palabra revelaba todo su ser, de tal forma que la pregunta aparentemente inocente "¿cuál es tu nombre? " implicaba: "dime realmente quien eres"... "dime... confiésame tu estado interior, tu pasado... tus antecedentes", esa pregunta "declárame tu nombre" sería algo así como "cuéntame toda tu vida"

Y Jacob tiene que responder...¿y veis como responde?... "Me llamo embustero", "Me llamo el que suplanta, el que usurpa, el que engaña" A mi por lo menos no me hubiera hecho demasiada gracia tener que decir esto, declarar todo su pasado... pero así es como todo verdadero encuentro con el Señor se inicia, no puede haber progreso... avance, no puede haber un verdadero encuentro con Dios si el primer paso no es una confesión genuina, sincera... que implica humillación de nuestra parte.

¿cuál sería el equivalente a esta pregunta tan sencilla para cada uno de nosotros? ¿cómo te llamas? ¿cuál es tu estado espiritual y psicológico actual y de tu pasado?... podríamos responder nosotros: "Revoltoso", "Ladrón", "hipócrita" , "Narcisista"... ¿qué nombres tendríamos que decirle al Señor o al ángel? ¿cómo responderíamos a esta pregunta?... Todo verdadero encuentro con el Señor requiere confesión y humillación, y como ha dicho alguien... "nadie puede venir al Señor si no es de rodillas"

En segundo lugar se trata de un encuentro intimo (versículo 30) " Jacob llamó Peniel a aquel lugar, porque dijo: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma " Cuando dos personas quieren tener un cierto nivel de intimidad... ¿qué hacen? No se hablan por teléfono... por lo menos que yo sepa, buscan encontrarse y verse cara a cara mirándose a los ojos, porque es únicamente de esta forma que puede haber una intimidad.

La palabra "conocer" en el hebreo es la misma palabra que se usa en hebreo para las relaciones más intimas entre los seres humanos, conocer a Dios implica un nivel de intimidad muy fuerte, y no se puede tener un verdadero encuentro con Dios dándole la espalda, ni por teléfono... ni por carta... ni a través de terceras personas, y podéis ir apurando la metáfora... ni a través de muchas actividades, ni a través de muchos comités... El encuentro con el Señor tiene que ser cara a cara, y esto es casi el resultado directo y natural del primer paso que antes mencionábamos: la humillación y la confesión.

En tercer lugar se trata de un encuentro intenso, de una lucha, no se trata de algo pasivo sino activo, la forma como Jacob llegó a experimentar la presencia de Dios no fue tumbado en una hamaca, no fue de una manera pasiva sino que fue en una lucha intensa por ver el rostro del Señor. El concepto hebreo de "esperar", la palabra hebrea "esperar" implica siempre esta dimensión de actividad, de inquirir, de buscar, de tal forma que cuando cantamos "pacientemente esperé a Jehová" la idea no es la de alguien que se queda pacientemente de brazos cruzados esperando, sino la idea es la de "pacientemente inquirí, busqué", esta es la idea hebrea de esperar.

En Habacuc 2:1 " En mi puesto de guardia estaré, sobre la fortaleza afirmaré el pie. Velaré para ver lo que se me dirá

y qué he de responder tocante a mi queja. " , cuando Habacuc está en esta actitud "militar", de hacer guardia, de velar intensamente, vemos que Dios responde (versículo 2) "Jehová me respondió y dijo..." y Dios no responde a un Habacuc cruzado de brazos, Dios responde a un Habacuc que está buscando, esperando, inquiriendo, anhelando respuesta. Y esto es una constante si queremos conocer la voluntad del Señor en cualquier asunto de nuestra vida, es importante esperar en el sentido hebreo de esperar... luchar con el Señor.

Por cierto, ¿sabéis lo que significa Habacuc? Significa: "El que lucha y el que abraza", las dos palabras al mismo tiempo, ¿qué bonito verdad? Es posible luchar y abrazar al mismo tiempo, algo parecido le ocurrió a Jacob.

Y en cuarto y último lugar, el encuentro de Jacob con el ángel es un encuentro largo y duradero, es decir fue necesaria una perseverancia en la lucha. Uno de los peores enemigos que hay en nuestra relación con Dios es la prisa, el afán por lo instantáneo, y esta es una de las características fundamentales de nuestra sociedad, todo se puede conseguir de manera instantánea, las cámaras de fotos... el café... vivimos en una sociedad que fomenta lo contrario de la paciencia en el sentido bíblico, y creo que esta es una de las razones por las que a muchos de nosotros nos cuesta verdaderamente esperar en el Señor, y por la que muchos de nosotros adolecemos de paciencia, porque es una forma sutil de influencia del Diablo, ¡lo quiero ya¡ es una forma sutil de secularismo... recordad el gran error del pueblo al pedir Rey, el contenido no era equivocado, Dios les había prometido un rey, el problema es que ellos se adelantaron al reloj y a los propósitos de Dios.

Pero Jacob tuvo la paciencia suficiente para luchar toda una noche hasta que rallaba el alba, quizá si Jacob hubiese vivido en Estados Unidos, o en España, después de 3 minutos de luchar hubiese dicho: "Este hombre me puede, no quiero luchar más", pero Jacob sabía muy bien que todo lo que tiene un precio, todo lo que es valioso (y las cosas del Señor son extremadamente valiosas) requiere perseverancia.

Y quiero aplicar lo que estoy diciendo especialmente a nuestro proceso de Santificación, esta presión social de lo instantáneo hace que muchos creyentes, sobre todo los que yo llamaría creyentes "SuperEspiritualistas" , no puedan entender ni aceptar que un mes después de estar convertidos continúen pecando. Es importante entender que la Santificación es progresiva y el Espíritu Santo quien la realiza dentro de nosotros, y si bien la regeneración y la conversión son instantáneas, la Santificación es un proceso, y no debéis desanimaros cuando veis que no llegáis... que no dais la talla... que pasáis por baches... al contrario, esto debe ser un motivo de estimulo y de aliento.

El encuentro se inicia con confesión y humillación... ¿cómo te llamas?.... es un encuentro totalmente intimo, cara a cara, sin intermediarios de ningún tipo, cuidado con el activismo que suele ser un sustituto fácil de la intimidad con el Señor, es un encuentro activo... intenso... y es un encuentro largo y duradero que requiere perseverancia.

No es casualidad que Jacob saliera de este encuentro como un hombre nuevo, totalmente transformado...

Hemos visto el estado previo de Jacob, hemos visto el encuentro mismo con el Señor, y ahora en tercer y último lugar vamos a ver los resultados, las consecuencias de este encuentro.

Creo que hay básicamente tres grandes resultados que se desprenden del encuentro en Peniel, en primer lugar Jacob sale roto, herido, de esta situación... (versículo 25) "Cuando el hombre vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba.", según todos los indicios, casi parece seguro que se trataba de una luxación de cadera y puesto que en aquella época no existían las reducciones de fracturas tuvo que arrastrar esta luxación de cadera durante toda su vida y por consiguiente cojear.

Lo que más no nos interesa aquí no es el tipo de herido, sino que el encuentro en sí requirió pagar un precio, Jacob tuvo que pagar un precio que además fue permanente, desde aquel mismo día Jacob cojeó todos sus días, fue un símbolo que iba a perdurar toda su vida, y cuando alguien le encontrara por el camino y le preguntara: "¿Dónde te hiciste esto?" él tenía que responder donde se lo había hecho.

El encuentro con el Señor implica un precio, que a veces es un precio que tendremos que pagar durante el resto de nuestra vida, y no me refiero aquí solamente al encuentro de un día, sino a la vida del discípulo de Cristo, ser un discípulo coherente y radical del Señor va a implicar heridas, precio que hay que pagar... La salvación es por gracia, pero el discipulado implica una serie de renuncias y de batallas.

Y me gustaría que reflexionaseis sobre cual es vuestro equivalente a la luxación de cadera, como resultado a vuestra obediencia al Señor ¿qué precio hemos tenido que pagar, o estamos pagando? ¿la burla por parte compañeros? ¿El aislamiento y la soledad en nuestra familia? ¿acaso el desempleo? Cada uno de nosotros puede pensar en aquellas cosas que sufre por amor del Señor y que vienen a ser un poco las marcas visibles.

En un testimonio, una mujer dijo que ya no tenía necesidad de divertirse de la forma en que lo hacía antes, porque ahora el vacío que había en su corazón está lleno, yo me pregunto si es así en cada uno de nosotros, ¿no será que a veces estamos suspirando por tener aquellas cosas que pertenecen al mundo? El precio del discipulado va a dejar cicatrices, algunas de ellas para siempre, cicatrices morales y espirituales.

Siempre me llama mucho la atención cuando se presenta el curriculum de un militar, lo que más cuenta es el numero de veces que ha sido herido en batalla, herido en tantas batallas... sabéis que la vida cristiana es una milicia, a mi me gustaría que pensáramos ¿en cuantas batallas hemos sido heridos nosotros? Y ojalá ninguno de nosotros fuéramos soldados rasos... sino que pudiéramos llegar muy arriba en la graduación militar del Señor, y que podamos exhibir las heridas y las cicatrices... no por una afán masoquista, no podemos echarnos a los leones solamente para que nos hieran, pero realmente cuando uno se plantea en serio el seguir al Señor, posiblemente quede cojo el resto de su vida, y quiero exhortaros a la luz de esto en un tema, el tema de la soledad.

Una de las luxaciones de cadera más frecuente que el cristiano tiene que pagar por ser cristiano... es la soledad, por la incomprensión en la familia... quizá también (y esto ya es más grave) por la incomprensión en la iglesia... soledad porque no habéis encontrado en el campo evangélico a un chico o chica con que compartir vuestra vida... y el celibato no es una cosa de bromear, el celibato es un asunto muy importante porque hay... sobre todo chicas que son solteras porque han sido discípulas coherentes... radicales con su compromiso cristiano, y que habiendo tenido muchísimas oportunidades de haberse casado con no creyentes, han preferido pagar el precio del discipulado y ser fieles al Señor, y estos casos son ejemplo, y estas cicatricen estimulan y alientan y animan. ¿Cuál es el precio que el Señor nos pide a nosotros?

En segundo lugar (afortunadamente) Jacob no sale solo como un hombre herido, cojo para el resto de su vida, sino que gloriosamente sale como un hombre nuevo, y esto se ve sobre todo en el nombre nuevo que se le da (versículo 28) "Entonces el hombre dijo: —Ya no te llamarás Jacob, sino Israel ", a partir de entonces, cuando le pregunten su nombre ya no tendrá que decir "Embustero" sino "Israel" que quiere decir: "Padre de muchas naciones".

El encuentro intimo con el Señor, la conversión, cambia nuestra vida y nos hace hombres nuevos, y en todos los Penieles que podamos tener en nuestra vida, cada encuentro nos renueva intensamente y nos hace salir como un hombre nuevo. La culminación de la renovación espiritual que se había iniciado en Betel la encontramos con el cambio de nombre, lo cual refleja un cambio profundo de su interior. (Génesis 27:36) "Bien llamaron su nombre Jacob, pues ya me ha suplantado dos veces: se apoderó de mi primogenitura y ahora ha tomado mi bendición." Pero (2ª Corintios 5:17) "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas." Todas, esta es la palabra clave, todas son hechas nuevas, el encuentro personal con el Señor renueva todas estas cosas.

Y en tercer lugar... Jacob sale herido, como un hombre nuevo... pero también bendecido, (versículo 29) "Declárame ahora tu nombre — le preguntó Jacob. —¿Por qué me preguntas por mi nombre?—respondió el hombre. Y lo bendijo allí mismo. " Sabéis que la bendición era el símbolo de la renovación de la promesa, es decir de los propósitos de Dios para su vida, lo que Dios hace con Jacob en Peniel es renovar los propósitos que el tenía para su vida. Y fijaos que si Dios usó a Jacob, también puede usarnos a nosotros, no creo que seamos muy distintos de Jacob, Jacob era un hombre mentiroso, un hombre que desde el vientre mismo de su madre se peleaba con su hermano, un hombre que no duda en recurrir a las más bajas estratagemas, es un hombre de carne y hueso... pero es una constante que Dios usa vasos de barro... los vasos que Dios utiliza no son de oro, ni siquiera de plata, son vasos de barro. Y es gente como Jacob, y como Jonás... y como Simón Pedro... gente como tu y como yo, porque el poder de Dios se hace perfecto, se redondea en la debilidad.

Muchos, tendremos que enfrentarnos con Esaús y 400 hombres... el equivalente... ¿cuál es tu Esaú? ¿cuál es la situación que más temes? Aquello que te produce gran temor y angustia como en el caso de Jacob... ¿quizá la inseguridad de volver a una situación familiar tensa o incierta? ¿Quizá problemas de iglesia? ¿Quizá tener que estudiar otra vez? Cada uno de vosotros puede pensar en su Esaú particular... lo único que debéis hacer ante esto es lo que hizo Jacob... desecho, roto psicológicamente... y sin embargo buscó el rostro de Dios... en confianza, hasta que consiguió la paz que buscaba. ¿Si el Señor está con nosotros, quién contra nosotros? (Romanos 8:31)

 

Por Burillo - 5 de Julio, 2006, 12:18, Categoría: Teología
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Al Pie Del Monte

Al Pie Del Monte

 

«Al ver Jesús el gentío

subió a la montaña,

se sentó

y se le acercaron los discípulos»

 

I. MEDITACIÓN

 

Yo soy tu bienaventuranza

 

       Con Pedro y con Andrés, con Santiago y Juan, con los discípulos y con la muchedumbre nos situamos al pie del monte para escuchar al Señor a quien seguimos. No nos resultará difícil identificarnos con los oyentes de las bienaven­tu­ranzas que están alrededor de Jesús. Puede resultarnos gozoso identificar a Jesús. Estaremos así preparados para no perdernos ni una sola palabra proclamada, o mejor, gritada desde lo alto del monte. Así pues, nos preguntamos: ¿Quiénes somos? ¿A quién seguimos? Abandonamos nuestra vida rutinaria y nos trasladamos al pie del monte.

 

¿Quiénes somos?

       Antes de que Jesús subiera al monte, arrastrando a una multitud tras de sí, se acercó a la orilla del lago y recorrió los caminos de Galilea. Su mirada divina llenó de luz a los habitantes de una tierra envuelta en tinieblas y en sombras de muerte, la Galilea de los gentiles.  «La gran prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». Acerquémonos a los personajes que toman parte en esta escena,  con mayor detención, porque su identidad es la nuestra.

       Junto al mar viven dos hermanos. Uno es portador de nombre hebreo (Simón), el otro, de nombre griego (Andrés). He aquí un testimonio onomástico de la mezcla de razas, de costumbres y aun de religiosidad en el seno de una misma familia. El mar, por su parte, es un símbolo de grafismo elocuente. Acecha a lo creado, hasta el punto de personificar el caos. Habla de lo inabarcable y de lo inmenso. La vida junto al mar está amenazada constantemente. Cuando la vida peligra, expuesta al oleaje del mar, surge un grito desde lo profundo: «Sálvanos, Señor, que perecemos». La voz imperiosa del Señor es suficiente para conjurar el peligro: «Entonces se levantó [Jesús], increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma». El mar se convierte en criatura en las manos del Señor. Sólo Él es capaz de ponerle compuertas, de modo que no sofoque la vida, y aun de tratar a la temible criatura que es el mar como a un niño de pañales.

Tal es el ambiente en el que vivían estos dos hermanos: la vida en peligro constante e incapaces de salir de su medio. ¿Es nuestra situación? Si así es, seamos hombres de confianza en Aquél que trata al mar como si fuera un niño, aunque tengamos que proclamar nuestra angustia: «¡Sálvanos, Señor...!»

       Una voz salvó a Pedro y a Andrés de los peligros del mar. Fue suficiente decirles «venid conmigo y os haré pescadores de hombres» para que los dos hermanos dejaran todo y siguieran a Jesús. A estos dos primeros hermanos se unen otros dos: Santiago y Juan. También éstos son prontos en su respuesta: «dejando la barca y a su padre, le siguieron inmediatamente». La narración evangélica prosigue con un sumario en el que leemos: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le traían todos los pacientes aquejados de enfermedades y de sufrimien­tos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los sanó. Y le seguía una muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea y del otro lado del Jordán».

       Adviértase la insistencia en la totalidad: todo el pueblo, todo el país, todas las enfermedades. No tan sólo judíos, sino también griegos —paganos por consiguiente— forman una multitud abigarrada, seguidora de Jesús: endemoni­ados, lunáticos, paralíticos. Es una osadía que Jesús se presente como taumaturgo que libera al hombre de sus enfermedades. Efectivamente, el perdón del pecado iba parejo con la curación de la enfermedad, consecuencia del pecado según la mentalidad bíblica, tal como reza el salmo: «Él [Dios] perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades». Quien actúa como taumaturgo se equipara a Dios, el único que puede perdonar los pecados y curar las enfermedades, como leemos en el Deuteronomio: «Yahweh alejará de ti toda enfermedad; no dejará caer sobre ti ninguna de esas malignas plagas de Egipto que conoces». Las dos binas de hermanos, junto con la multitud que acude a Jesús de todas partes, forman un nuevo pueblo en éxodo. Ha sido arrancado este pueblo de su tierra estrecha o de su mar siempre amenazante, y se encamina hacia otra tierra que mana leche y miel. Simón y Andrés, Santiago y Juan, y también la numerosa muchedumbre han de ponerse en marcha y han de seguir a Jesús, caudillo del nuevo pueblo.

       Si un buen día abandonamos padre y madre, si renunciamos a nuestro futuro y sacrificamos con él el bello proyecto de fundar un hogar —sacrificio que cada día reiteramos en la Eucaristía—, fue porque alguien nos miró con infinito amor, y nos invitó a seguirle. Yendo tras el Señor que nos llamaba y nos llama, estamos de camino hacia la tierra. Nuestro vivir diario pretende ser una vida de seguimiento radical, aunque por momentos experimen­temos dudas y no seamos ajenos a las vacilaciones, y ni siquiera a los errores. Mientras mantene­mos la voluntad de querer seguir a Jesús, estamos en camino hacia la tierra. Retenga­mos como un momento gozoso y luminoso de nuestra existencia el hecho de que el Señor nos haya mirado con infinito amor, nos haya llamado por nuestro nombre, nos haya invitado a seguirle y nos hayamos puesto en marcha.

       Formamos parte de la multitud que sigue a Jesús. Vamos tras él con todas nuestras enfermedades, llámense complejos, dolencias, limitaciones, pecados... El Señor no nos pide una belleza previa para poder seguirle. Acepta, incluso se enamora de nuestra fealdad, acaso porque el amor todo lo transfigura, e intuye paisajes de belleza inconmensurable allí donde nosotros sólo descubrimos fealdad, y ocultamos el rostro, o cerramos los ojos para no enterarnos. Propongo que nos pongamos en camino tal y como somos, sin disimular ni ocular nuestras dolencias —llámense como se llamen— ¿No atraerán ellas la mirada amorosa de Dios, como sucedió con la esclavitud de nuestros padres en Egipto? ¿No cuidará de nosotros como un padre cuida de su hijo? Lo cierto es que sigue a Jesús una gran muchedumbre, que se asombrará ante su doctrina: «Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos —el de las bienaventuranzas—, la gente quedó asombrada de su doctrina». De este modo el sermón de la montaña está cortejado, redaccionalmente, por la muchedumbre, que figura al principio y al final del discurso. Vamos hacia el monte de la revelación. Antes de llegar al mismo es necesario que nos presentemos al Señor que nos llama y nos convoca.

 

¿A quién seguimos?

       Antes de lanzarlo por los caminos de Galilea, el evangelista presenta a Jesús en el díptico formado por el bautismo y las tentaciones. Jesús se une a la comitiva de los pecadores, si bien no se encontró fraude ni hubo engaño en su boca. Pero en un insondable misterio de ternura y de caridad, quiso asemejarse del todo a nosotros, y así puede compadecerse de nosotros. Jesús es un experto en humanidad: nos vive por dentro.

       El evangelista describe la salida de Jesús del agua con el mismo verbo referido al paso del Jordán bajo la guía de Josué. El pueblo rescatado de Egipto se dirige a la tierra de Dios, al encuentro con Dios. Ahora, cuando Jesús sale (sube) del Jordán y se abren lo cielos, Dios y el hombre, el hombre y Dios pueden mirarse a los ojos. Y el hombre, fascinado, puede perderse en la inmensa belleza de los ojos divinos.

       La mirada de Dios hacia Jesús, hacia nosotros, tiene un nombre propio: es el Espíritu. Jesús vio cómo el «Espíritu de Dios bajaba en forma de paloma y venía sobre él». Es el Espíritu que aleteaba sobre el caos en el momento creacional. Vistió de tal belleza toda la creación que arrancó de los labios divinos una aprobación admirativa: vio Dios cuanto había hecho y dijo: «es muy bello». El mismo Espíritu está presente en la nueva creación. Se posó sobre el más bello de los hombres. Según Juan «se quedó sobre él». El evangelio según los hebreos se imagina al Espíritu vagando de profeta en profeta, en busca del profeta definitivo, en quien pudiera hacer su morada perpetua. «Más sucedió que, como hubiese subido del agua el Señor, bajó la fuente de todo espíritu santo sobre él y le dijo: 'Hijo mío, entre todos los profetas te esperaba para que vinieras y descansara en ti. Pues tú eres mi descanso, tú eres mi Hijo primogéni­to que reinas por siempre'». Jesús es la palabra última y completa de Dios, no la múltiple y fragmentada que leemos en la antigua profecía. Lo que dice y nos dice esta palabra es una prolongación de lo que escuchamos en la escena bautismal: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Jesús es el Hijo que viene a nosotros con el ropaje del siervo. Como siervo/hijo está dispuesto a correr la aventura humana en total obediencia al Padre, como lo muestra la segunda tabla del díptico: la tentaciones.

       Hemos descubierto a Jesús saliendo del Jordán, es decir encaminándose hacia la tierra como nuevo Josué o como nuevo Moisés. Antes ha de pasar por la prueba del desierto, como Israel. Mientras el Espíritu de Dios —que reposó sobre Jesús en el bautismo— le conduce al desierto para ser probado y ver lo que había en su interior, el tentador le induce a la caída. Es decir le pone ante una triple disyuntiva, cuyo punto de partida es su condición filial, recién proclamada en el bautismo: «Si eres —o puesto que eres— Hijo de Dios». A Dios le compete la soberanía absoluta y la total independencia. No se equivoca el tentador cuando le propone a Jesús que convierta las piedras en pan. No le pide la realización de un milagro espectacular, ni siquiera que satisfaga su hambre convirtiendo una piedra en pan. Le insinúa algo más serio y hondo, como se desprende de la respuesta de Jesús, tomada del libro del Deuteronomio: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Si el hambre fue motivo en otro tiempo para que Israel rompiera su vinculación cordial con Dios, Jesús está dispuesto a vivir «de toda palabra que sale de la boca de Dios». Está dispuesto a escuchar la voz divina y a acatar la voluntad del Padre, lo cual es imposible si no se dispone de un corazón que escuche. En vez de la independencia y la ruptura, Jesús opta por la vinculación cordial con Dios. Es el siervo, cuyo oído se despierta cada mañana «para oír como los discípulos». Dios, en segundo lugar, es inmortal por los siglos. Si Jesús es el Hijo de Dios, no es nada desatinado proponerle una vida sin fin, al precio, eso sí, de poner a Dios entre paréntesis, como hizo Israel en el desierto cuando estuvo a punto de morir de sed. Así se deduce de las palabras que pronuncia Jesús: «No tentarás al Señor tu Dios». Es decir, entre una vida preservada de la muerte o la entrega a Dios aun a costa de la vida, Jesús ratifica su confianza absoluta en Dios. Nuevamente es el siervo, presto a ofrecer su espalda «a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba». Dios, Señor del universo, es dueño de todas las cosas. El Hijo de Dios ha de ser necesariamente rico. El tentador, por ello, le ofrece «todos los reinos del mundo y su gloria», con la condición de que abandone al único Absoluto. El pueblo liberado de Egipto, se postró ante el dios Riqueza. Jesús tentado por tercera vez responde: «Al Señor tu Dios adorarás / sólo a él darás culto». Una vez más ratifica su condición de siervo, «tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana». Jesús, pues, al atravesar el desierto, lleva bien gravadas en su corazón «estas palabras que yo te mando hoy»: «Amarás a Yahweh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». A Dios le pertenecer el corazón, la vida y la riqueza —el hombre en su totalidad y unidad—. Jesús es la ley viva, no escrita en tablas de piedra, sino cincelada en el corazón. Lleno de amor a Dios y a los hombres está en marcha. Tras él caminan las dos parejas de hermanos y una gran muchedumbre. Es un nuevo pueblo en éxodo, que se dirige a la montaña de la revelación. Este es el Cristo al que seguimos: el siervo obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

 

Al pie del monte

       Superadas las tentaciones del desierto y seguido de un pueblo heterogéneo que se dirige al encuentro de Dios, Jesús, la Ley viviente, va a proclamar la «Ley mesiánica». Pero antes de escuchar la «Ley de Cristo» o la «Ley regia», acudamos a la montaña de la revelación.

       Mateo introduce el sermón del monte con estas palabras, recapitulación de las escenas que hemos venido comentando: «Viendo a la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron». Obviamente la muchedum­bre que aquí se menciona es la misma que seguía a Jesús y la misma que muestra su asombro ante la doctrina que acaba de escuchar. Que los discípulos se acerquen a Jesús, como signo de confianza y de respeto —cosa frecuente en Mateo—, no significa que las bienaventuranzas vayan dirigidas sólo a ellos. No hay más que una justicia o fidelidad, como no hay más que un solo Dios y un solo intérprete de la ley para todos los hombres: Cristo. Al lado de los discípulos, aunque no muy cerca de ellos o inmediatamente detrás de ellos, está el pueblo que escucha, formando un círculo más amplio. Hay que dejar de acudir a estos versículos introductorios para afirmar que el sermón de la montaña no vale para todos, que no se refiere al cristiano ordinario, sino que se trata de una especie de manual para iniciados (en la antigüedad, los monjes; en la actualidad, los/as religiosos/as). Sencillamente todo discípulo, todo hermano cristiano, acude al monte de la revelación.

       Digo al monte de le revelación porque así lo es en tres lugares claves del evangelio según san Mateo: Al comenzar la narración evangélica, en la mitad del relato —la transfiguración— y al finalizar el mismo: el monte de la aparición pascual. En el primero de los montes Jesús se muestra como el nuevo profeta que transmite la palabra definitiva de Dios desde su experiencia vital. No sube al monte para derogar la vieja ley, sino para llevarla a su plenitud. En el monte de la transfiguración, la voz celeste ordena «escuchar» al Hijo. Cuando se concluya el evangelio, el Señor resucitado se mostrará a los suyos, y les enviará a hacer discípulos: a bautizar a las gentes en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —los discípulos son signados íntimamente por el Dios trino: la Ley cristiana es grabada eficazmente en el corazón cristiano— y a enseñarles «a guardar todo lo que yo os he mandado»; es decir, cuanto sonó en el sermón de la montaña.

       Así pues, estamos al pie del monte. El nuevo Moisés se sienta, como suele hacer el maestro en las celebraciones religiosas de la sinagoga, y «abre la boca» (toma la palabra). Es importante lo que va a decir a continuación. El Hijo de Dios anunciará por primera vez su evangelio, después de las dos breves frases esenciales que leemos con anterioridad: «Déjame ahora, pues conviene que así cumpla­mos toda justicia» y «Convertios, porque el reino de los cielos está cerca». Nos disponemos a escuchar la enseñanza de Jesús. Es una enseñanza que hoy nos dirige a nosotros.

       Hemos sido arrancados del mar. Hemos dejado nuestras redes y barca. Nos hemos puesto en camino tras Jesús. Llevamos con nosotros nuestras dolencias y enfermedades. Aunque el cielo está abierto y podemos vernos en los ojos divinos, estamos hambrientos de Dios y de su presencia. Fijemos nuestra mirada en Jesús, porque quien le ve a Él, ve al Padre. ¡Ojalá que acertemos a ver al Hijo, mientras escuchamos su voz! Estoy seguro de que si su voz nos toca el corazón, seremos realmente dichosos. Esto es, en definitiva, lo que el Señor quiere para nosotros con la buena noticia de las bienaventuranzas.

 

Por Burillo, José Gracia - 14 de Junio, 2006, 10:23, Categoría: General
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EN EL CORAZON DEL PADRE

RETIRO DE JUNIO 2006

CUATRO IDEAS

 

Actos preparatorios:

Después de honrar a la Virgen en el mes de mayo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio del amor de Dios desde el Sdo. Corazón de Jesús. Al Sdo. Corazón está dedicado el mes de junio. Es un momento propicio para detenernos a meditar en la obra redentora de Jesús y descubrir en su Corazón el amor infinito que lo llevó a dar su vida por nosotros.

Objetivo a conseguir:

Encontrar en el misterio del Sdo. Corazón de Jesús el sentido de la historia de la salvación y vislumbrar la hondura e inmensidad del amor de Dios Padre.

 

ORACION


Jesús, sólo tú conoces la magnitud del amor de tu Padre; sólo tú sabes qué grande es el amor que lo llevó a enviarte a salvarnos y a adoptarnos como hijo suyos, convirtiéndose así en Padre nuestro también. Permítenos descubrir aunque sea unas pequeñas migajas de ese amor infinito de un Creador hacia sus criaturas y de un Padre hacia sus hijos. Enséñanos a amar al Padre a través de tu Corazón santísimo. Amén.

LA PALABRA DE DIOS:

"En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar…

Y en otro pasaje de Mateo nos dice:

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré... Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera’". (Mt 11, 25-30)

El Corazón de Jesús:

1.- Un corazón amigo.

Hoy se corre el riesgo de olvidar fácilmente la obra de Dios para con nosotros. Nos zambullimos en las actividades diarias y, preocupados por las múltiples tareas que llevamos entre manos, aparcamos a un lado de nuestra vida y de nuestras ocupaciones el cuidado de nuestro espíritu. Hay que hacer muchas cosas… No tengo tiempo para nada…Y  este es un pensamiento equivocado.

Primero porque caemos en la trampa de sabernos amados por Dios, pero olvidamos ese amor.

En segundo lugar porque olvidamos cumplir por nuestra parte, con el compromiso de ser sus hijos elegidos; olvidamos nuestra colaboración personal en la obra de la redención. Es preciso, pues, dedicar un tiempo -y hacerlo con mucha frecuencia- para recordar y actualizar lo que Cristo hizo por cada uno de nosotros. Y, ante todo, recordar el amor que nos ha tenido: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres", le dijo Jesús a Sta. Margarita María de Alacoque, enseñándole su corazón. Después de 18 siglos de cristianismo, Cristo necesitó recordárnoslo.

El Papa nos invita a la devoción al sagrado corazón de Jesús en una carta que dirige al general de la Compañía de Jesús con motivo del 50 aniversario de la encíclica «Haurietis aquas».

Dice:

Las palabras del profeta Isaías, «sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación» (Isaías 12, 3), que dan inicio a la encíclica con la que Pío XII recordaba el primer centenario de la extensión a toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no han perdido nada de su significado hoy, cincuenta años después. Al promover el culto al Corazón de Jesús, la encíclica «Haurietis aquas» exhortaba a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por él. Cincuenta años después, sigue en pie la tarea siempre actual de los seguidores de Jesús de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su propia vida.

El costado traspasado del Redentor es el manantial al que nos invita a acudir la encíclica «Haurietis aquas»: debemos recurrir a este manantial para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. De este modo, podremos comprender mejor qué significa conocer» en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás. De hecho, retomando una expresión de mi venerado predecesor, Juan Pablo II, «junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo --y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador-- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo» («Insegnamenti», vol. IX/2, 1986, p. 843).

Poco antes del sacrificio redentor de la cruz, Jesús les decía a sus discípulos: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Cfr. Jn 15, 15). Por eso es importante recordar que Jesús ha sido, es y será el mejor amigo, el que "ha dado su vida" por los amigos. Si en tu vida has tenido la oportunidad y la dicha de experimentar la amistad, si alguien te ha amado realmente, no olvides que Jesús fue y es para siempre tu mejor amigo. Él está pendiente en todo momento de ti, de tus necesidades, de tus inquietudes, de tus temores. Él vela por ti las 24 horas del día, durante todos los años de tu existencia, sobre todo durante los momentos de mayor necesidad. Jesús vive por ti. No tiene otra ocupación que tu cuidado, tu felicidad, tu salvación.

 

Dice el Papa en la carta:

Es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el mismo cristianismo. De hecho sólo se puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la Cruz de nuestro Redentor, «a quien traspasaron» (Juan 19, 37; Cf. Zacarías 12, 10). (Todo esto para un Pasionistas es la razón de su ser). La encíclica «Haurietis aquas» recuerda que la herida del costado y las de los clavos han sido para innumerables almas los signos de un amor que ha transformado cada vez más incisivamente su vida (Cf. número 52). Reconocer el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para ellas en una experiencia interior que les ha llevado a confesar, junto a Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20, 28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda en la acogida sin reservas del amor de Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 49).

Además, es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada en el costado traspasado del Señor, del que salen «sangre y agua» (Cf. Gv 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 34-41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.

2.- Un corazón misericordioso.

El amor auténtico se manifiesta en la misericordia y en el perdón. Como lo hace el corazón de Cristo. Estando Jesús en la cruz, después de largas horas de sufrimiento físico y moral, poco antes de expirar, tiene todavía el aliento de perdonar: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), y también aseguró al buen ladrón el cielo, como fruto de su arrepentimiento: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43). Si vemos los actos de perdón de Cristo con ojos y criterios puramente humanos, no comprenderíamos el alcance ni la razón de tanta misericordia. Pero el corazón de Jesús es un corazón divino.

Todos nosotros tenemos innumerables razones para suplicar la misericordia de Jesús. Diariamente ofendemos, más o menos ese amor infinito de Cristo. Frecuentemente somos ingratos e infieles a la amistad de Jesús. Y la mayoría de las veces, tal vez, ni siquiera tenemos la delicadeza de pedir perdón. Quizá, incluso, desconfiamos de la misericordia de Dios . Siempre y en cualquier circunstancia, Jesucristo está dispuesto a perdonarnos; sólo nos pide el arrepentimiento sincero.

San Agustín comentando el Salmo 102 dice:

Jesús es como el mejor médico, y Él curará todas tus enfermedades. "Pero es que son muchas, dirás. Más poderoso es el Médico. Para el Médico omnipotente no hay enfermedad insanable; tú sólo déjate curar, ponte en sus manos" (S. Agustín, Comentarios al Salmo 102).

3.- Un corazón manso y humilde.

¿Cómo es posible tener la disponibilidad a la misericordia y al perdón? De una sola manera, con la mansedumbre y humildad de corazón. Ahí está el secreto de Jesús. Si hoy entre los hombres existe tanta violencia, tanto rencor, tanta envidia, tanta venganza, no se debe a otra cosa más que a la falta de humildad y mansedumbre. La ira ciega al hombre y la soberbia lo lleva a aplastar la dignidad del prójimo. No puede haber amor sin estas dos virtudes.

Observa a Jesús en su vida, y descubrirás cómo nunca llegó a ofender a nadie. Y cuando manifestó dureza en sus palabras, como lo hizo muchas veces con los fariseos, sólo lo movía el afán de ayudarlos a reaccionar y abandonar su actitud de soberbia y cerrazón. Trataba de sacudirlos, de moverlos al cambio; no buscaba hacerles daño, sino intentaba ayudarles.

La mansedumbre y la humildad disponen el corazón al perdón, a la aceptación de los demás con sus debilidades y limitaciones. El hombre manso y humilde crea y conserva una actitud interior de sencillez, docilidad y serenidad. En su rostro siempre hay una sonrisa disponible para los demás. Se puede decir con seguridad que su expresión manifiesta la felicidad auténtica.

4.- El corazón del Padre.

Nuestro destino final es el Padre, y Jesús es el Camino al Padre; esto no hay que olvidarlo.

La Iglesia nos invita a centrar nuestra fe en Cristo, nos pide que nuestra espiritualidad sea cristocéntrica por una razón muy sencilla: porque Cristo es la revelación del Padre, porque Jesús nos puede llevar al Padre; y sólo Él puede hacerlo.

La maravilla de nuestra fe nos manifiesta cómo en los latidos humanos del corazón de Cristo, palpita el amor divino del Padre. Si Jesús nos manifestó un amor tan grande hasta el sacrificio supremo, es para revelarnos la grandeza infinita del amor de su Padre, quien quiso nuestra salvación y felicidad eterna.

 

Conclusión:

El Camino –el único camino- para llegar al Padre es el seguimiento fiel e incondicional de Cristo, la imitación de sus virtudes, la obediencia a sus mandatos. "Aprender" de Él y "tomar su cruz" es el secreto y la condición necesaria para cumplir con nuestro destino, para responder a la llamada del Padre.

Carta:

Quien acepta el amor de Dios interiormente queda plasmado por él. El amor de Dios experimentado es vivido por el hombre como una «llamada» a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás. La contemplación en la adoración del costado traspasado de la lanza nos sensibiliza ante la voluntad salvífica de Dios. Nos hace capaces de confiar en su amor salvífico y misericordioso y al mismo tiempo nos refuerza en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos. Los dones recibidos del costado abierto, del que han salido «sangre y agua» (Cf. Juan 19, 34), hacen que nuestra vida se convierta también para los demás en manantial del que manan «ríos de agua viva» (Juan 7, 38) (Cf. encíclica «Deus caritas est», 7). La experiencia del amor surgida del culto del costado traspasado del Redentor nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Juan 3, 16) (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 38).

«El amor nunca se da por "concluido" y completado» (Cf. encíclica «Deus caritas est», 17). La contemplación del «costado traspasado por la lanza», en la que resplandece la voluntad sin confines de salvación por parte de Dios, no puede ser considerada por tanto como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del «corazón traspasado» su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 62):

Oración:

Señor y Padre mío, tú has enviado a tu Hijo para que me enseñara el Camino hacia ti. Enséñame a seguir sus pasos y dame un corazón semejante al de Jesús, porque sólo un corazón como ese podrá amar con la fuerza y profundidad que tú quieres de mí. Hazme testigo de ese amor y permite a quienes me ven amar que conozcan un poco del infinito amor que nos tienes a todos. Por el mismo Jesús Nuestro Señor. Amén.

Cuestionario:

1. ¿Creo conocer bien a Jesucristo? ¿Medito con frecuencia en Él?

2. ¿Trato de imitar las virtudes más significativas del Corazón de Jesús, como la mansedumbre y la humildad?

3. ¿Amo realmente a mis hermanos los hombres, evitando la ira y rencor, estando siempre disponible a la ayuda de todos, especialmente de los más necesitados?

4. ¿Pido por la salvación de los hombres y estoy dispuesto a dar testimonio del Evangelio de Jesús, con las palabras y el ejemplo?.

 

 

Por Burillo, José Gracia - 14 de Junio, 2006, 10:10, Categoría: General
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DEUS CARITAS EST

El 25 de enero, fiesta de la conversión de San Pablo, vio la luz la primera y esperada encíclica de Benedicto XVI,   a los nueve meses de inicio de su pontificado, que lleva por título “Deus caritas est”. La impresión general es que ha sido muy bien acogida, tanto en lo que respecta a su contenido como en su forma literaria. Aquí nos proponemos hacer sencillamente algunas reflexiones  sobre las claves de lectura teológica y sobre lo que consideramos ejes teológicos  sobre los que se apoya todo su contenido. Pero antes quiero hacer una breve referencia al contexto histórico y el contexto de la encíclica dentro del pensamiento de J. Ratzinger.

1.    Breve mirada histórica

Las “cartas a las Iglesias” es una tradición muy común desde los orígenes del cristianismo. Algunos de los escritos de la tradición kerigmática del NT, podemos decir que eran algo parecido  a las encíclicas, como p. e. las cartas católicas y la mayoría de las cartas del apóstol Pablo. En la Iglesia antigua también existieron escritos “circulares” del magisterio de la Iglesia, aunque el nombre de “Encíclica” para indicar escritos del sucesor de Pedro dirigidas a toda la Iglesia o a una parte de ella, es relativamente reciente. Parece que la primera carta encíclica  en este sentido sería la “Ubi primum” de Benedicto XIV del año 1740 (1).

Pero las cartas encíclicas comenzaron a ser un medio común a partir de Gregorio XVI (1831-1846), que escribió 16 encíclicas a lo largo de los 15 años de pontificado. León XIII (1878-1903)  escribió 48 encíclicas durante los 25 años de su pontificado, aunque sólo sean conocidas algunas más relevantes como “Rerum novarum”. A partir de Pablo VI (1963-1978),  se han empleado también otro tipo de documentos o escritos para trasmitir las orientaciones del magisterio (Exhortaciones Apostólicas, Instrucciones, Mensajes etc.) y se han restringido las encíclicas, que han quedado reservadas para iluminar distintos aspectos esenciales de la doctrina de la Iglesia. Pablo VI escribió 7 encíclicas en los 15 años de su pontificado y Juan Pablo II 13 en los 27 años de pontificado.

Aunque las encíclicas más conocidas sean tal vez las que abordan temas sociales, son muy importantes también las encíclicas que han abordado temas doctrinales especialmente a partir del magisterio de Pío XII. Las encíclicas sociales son ciertamente tan importantes que es a través de ellas como se ha configurado la doctrina social de la Iglesia.

El sentido teológico-pastoral de las cartas encíclicas hay que situarlo dentro de la misión docente de la Iglesia a través del ministerio del sucesor de Pedro, con el fin de orientar y guiar al pueblo de Dios en materia de fe y costumbres. Podemos decir que es una forma ordinaria de ejercer el magisterio en su misión de servicio a la Palabra de Dios, en orden a interpretarla y enseñarla fielmente (DV 10).

2.    La encíclica en el contexto de su pensamiento

Después de su elección para la sede de Pedro el 19 de abril de 2005, se esperó con mucho interés en primer lugar las líneas programáticas de su pontificado y luego su primera encíclica, precisamente porque el cardenal J. Ratzinger era una personalidad muy conocida, con una larga y brillante trayectoria teológica, y porque se había convertido en una verdadera autoridad moral e intelectual en la Iglesia. Muchos posiblemente esperaban un programa de pontificado muy elaborado y trabajado teológica y pastoralmente, y tal vez una primera encíclica larga, densa y comprensible sólo para élites, tal vez muy teórica y abstracta. Sin embargo, en ambos casos ha sorprendido a todos gratamente. Supo tomar el testigo del gran Juan Pablo II con una gran sencillez y sabiduría… “Mi verdadero programa es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme junto a toda la Iglesia a la escucha de la Palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por El, de tal modo que sea él mismo quien conduzca la Iglesia en esta hora de nuestra historia”… “No es el poder el que redime, sino el amor. Este es el distintivo de Dios. El mismo es amor… Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario” (2).

En sintonía con la homilía de la eucaristía del inicio de su pontificado, llena de sabiduría, transparencia y sencillez evangélica, hay que interpretar también su primera encíclica “Dios es amor”; una carta en la que se compaginan la profundidad y la claridad, la sabiduría y la sencillez, la clarividente teoría filosófico-teológica y la aplicación pastoral concreta, la capacidad de decir y explicar de una forma clara, sencilla y bella cosas esenciales de nuestra fe.

Esto, que sin duda ha sorprendido gratamente a muchos, no es en realidad algo nuevo para quienes conocían su personalidad, su pensamiento y su obra. J. Ratzinger ha sido siempre una persona entrañable y cercana, un hombre inteligente y culto, pero al mismo tiempo sencillo y trabajador: “Un humilde trabajador en la viña del Señor”, como se presentó a la Iglesia tras ser elegido papa… Como profesor de teología ha sabido compaginar admirablemente el rigor científico y los aspectos vivenciales, los conocimientos históricos y la aplicación a los problemas más actuales, profundidad y espiritualidad, tradición y presente histórico, fe y cultura; un pensador capaz de exponer cuestiones y verdades complejas de fe con una gran claridad y belleza. En su pensamiento y su obra se reflejan la genuina autenticidad del pueblo sencillo y la profundidad teológica de un gran intelectual, una serena espiritualidad y una admirable claridad teológica. Por eso, el contenido y la forma de esta primera encíclica, podemos decir que está en perfecta sintonía con su persona, su pensamiento y su obra.

3.    Algunas claves para una comprensión teológica y pastoral

Me parece importante tener en cuenta algunas claves tomadas de su trayectoria teológica, espiritual y pastoral, que pueden ayudarnos a comprender mejor el contenido y el sentido de la encíclica. Las claves que me parecen importantes para comprender la encíclica serían: 1) La verdad como principio, 2) la formulación de lo esencial, 3) la armonía entre razón y fe, cristianismo y cultura, naturaleza y gracia, 4) la aportación de lo “específico” cristiano.

1)    Partir de la verdad como principio

La búsqueda apasionada de la verdad, como fundamento de todo planteamiento humano, ético, religioso o intelectual, es algo característico de su pensamiento. Si como dice Santo Tomás “poner orden es signo de sabiduría” (sapiens est ordinare), o como suele decirse “el orden es la primera ley del cielo” (order is haeven’s first law),  este orden comienza  en la verdad, como adecuación de nuestro pensamiento y nuestra vida con la realidad: “La cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana” (3). Pero la verdad es también la cuestión esencial de la filosofía y el pensamiento humano: “Si el hombre no conoce la verdad, se degrada; si las cosas sólo son resultado de una decisión, particular o colectiva, el hombre se envilece” (4); “la verdad no se crea, se halla” (5)… Buscar la verdad es, en definitiva, buscar a Dios y buscar el bien del hombre: “Encontré a Dios donde encontré la verdad” (6). Por eso mismo, “la cuestión de Dios es a la vez y solidariamente la cuestión de la verdad y de la libertad” (7)… La verdad es la base de la libertad, la paz, la justicia y el comportamiento ético: “La luz de la verdad conduce a la paz… El compromiso por la verdad es el alma de la justicia… Y la verdad puede alcanzarse sólo en la libertad” (8)… Renunciar a la verdad sería renunciar a los fundamentos de la realidad, de los valores, del hombre y de Dios: “La renuncia a la verdad no sana al hombre” (9)… “El cristianismo aparece con la pretensión de decirnos algo sobre Dios, sobre el mundo y sobre nosotros mismos, algo que es verdad y que nos ilumina” (10). Precisamente por eso, ha comprendido su vida y su ministerio como una cooperación en la búsqueda de la verdad: “Cooperatores veritatis”, como dice el lema de su ministerio episcopal.

Desde este afán primordial de poner orden a partir de la verdad, debemos leer e interpretar la encíclica, en la que sin duda pretende iluminar  y profundizar en la verdad contenida en el misterio del amor como el impulso esencial de toda persona humana y también de la historia de la humanidad.

2)    Permanecer enraizados en lo esencial

Una cualidad muy marcada de todo su pensamiento como teólogo y como pastor, creo que ha sido también ir a la raíz de las cosas, centrarse en lo esencial, saber descubrir el horizonte de salvación dentro de un mundo complejo y pluralista en el que fácilmente podemos perdernos y desorientarnos… “Creo fundamental la ‘esencialiazación’; una forma de simplificación que resalte lo realmente imperecedero y sustentador de nuestra doctrina y nuestra fe… Sólo podemos intentar esencializar la fe con humildad, e.d., reconocer qué es lo verdaderamente esencial en ella” (11). En este afán por descubrir y permanecer en lo esencial y de no perderse en vanos mensajes, decía en una entrevista en 1994 concedida a la revista católica “Il Regno”: “Me parece que hay mucha inflación de palabras, una producción excesiva de documentos. Sería necesario concederse más tiempo de silencio, de meditación, de encuentro con lo real, para conseguir un lenguaje más fresco, que nazca de una experiencia profunda y viva, más capaz de llegar al corazón de los demás” (12).

Pienso que la encíclica es expresión de este deseo de transmitir un aspecto esencial de nuestra fe y un recuerdo de la necesidad de permanecer enraizados en lo esencial para transmitir un mensaje de luz y de esperanza para el mundo. La encíclica recuerda no sólo que Dios es amor, sino que “el amor es lo que hace existir” (M. Blondel), el único valor absoluto, lo único que es siempre necesario más allá de la justicia (cf. Nº 29); nos recuerda que sin amor la fe no salva, pues como dice San Agustín, “la fe sin amor puede ser (existir) pero no salvar; esse non prodesse” (13)… La encíclica va a lo esencial, puesto que viene a plantear la alternativa radical de la historia humana: “La ‘lucha entre dos amores’, entre el amor a Dios hasta la renuncia de sí mismo y el amor propio hasta la negación de Dios (San Agustín), la lucha entre el amor y la incapacidad de amar, entre el amor y la negación del amor” (14). Plantea algo sustancial, pues se trata de la cuestión que tiene que ver directamente con la felicidad y el fin mismo de la vida, puesto que el fin de la vida humana consiste en aprender a amar. Decía Abbé Pierre en su Testamento: “Si puedo trasmitir alguna certeza a los que van a luchar por poner más humanidad en todo, es ésta: la vida consiste en aprender a amar” (15), pues, como dice San Juan de la Cruz en “Avisos espirituales”: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” (16).

3)    Buscar la armonía de razón y fe, cristianismo y cultura, naturaleza y gracia

Una de las ideas-fuerza que más destacan a lo largo de todo su pensamiento es también la búsqueda permanente de la armonía entre razón y fe, cultura y cristianismo, naturaleza y gracia, libertad y redención. En la tradición agustiniana se trata de unir: “creer u entender”, la fe y el amor. Razón y fe deben complementarse  puesto que “son las dos alas del espíritu humano” (17), recordando lo que ya dijo Platón: “Dios nos ha dado dos alas para volar hasta El: el amor y la razón”...

A lo largo de su pensamiento teológico, J. Ratzinger ha dejado claro que el cristianismo es la “religión del logos”, que “la fe no es enemiga de la razón sino abogada de su grandeza” (18), que fe y conocimiento se ayudan mutuamente, “creer es entrar en la comprensión” (19) y, por lo tanto, “el esfuerzo del cristianismo por dar siempre respuestas razonables es algo sustancial” (20) para la teología y para la pastoral. La fe es, por lo tanto, razonable y la razón ha de estar abierta y dinamizada por la fe, pues es la fe la que abre siempre al hombre horizontes nuevos: “Si el ser humano sólo  confía en lo que ven los ojos, en realidad está ciego porque limita su propio horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial, porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no las ven los ojos de los sentidos” (21).

Esta armonización entre naturaleza y gracia, razón y fe, se expresa y se celebra en la misma liturgia cristiana, puesto que “la meta del culto y la meta de la creación es la misma: la divinización, un mundo de libertad y de amor…El culto cristiano implica universalidad. Es el culto del cielo abierto… nos introduce en la adoración a Dios que abarca el cielo y la tierra” (22). “Toda la liturgia es cósmica, un salir de nuestras humildes agrupaciones hacia la gran comunidad, que abraza cielo y tierra” (23). En la liturgia y en la oración cristiana convergen cosmos e historia, naturaleza y gracia, materia y espíritu en una admirable comunión.

Esta armonía y comunión salvífica es lo que pretende reflejar también la encíclica en la experiencia y el misterio del amor: una armonía y unidad entre eros y ágape, entre cuerpo y alma, hombre y mujer, entre voluntad humana y voluntad divina, entre amor ascendente y amor descendente, entre al ansia humana de felicidad y la vida cristiana. “En el fondo, el ‘amor’ es una única realidad, si bien con diversas dimensiones… cuando las dos dimensiones se separan completamente una de otra, se produce una caricatura o, en todo caso, una forma mermada del amor” (Nº 8).

4)    Ofrecer la aportación de lo “específico” cristiano

Pienso que otra clave importante para leer, comprender y aplicar la encíclica es a partir de la aportación de lo “específico” cristiano. La vida es común para todos y el amor también… ¿Qué aporta específicamente la fe cristiana a la vida humana y a la experiencia religiosa en general? ¿Cuál es el papel de la Iglesia en una sociedad laica en la que tanto la Iglesia como el estado han de estar al servicio del hombre?.

La fe no sustituye lo humano sino que lo complementa y le da mayor sentido. La fe no ahorra esfuerzo humano, pero da sentido pleno al esfuerzo humano y viene en ayuda de su debilidad. El cristianismo no viene tampoco a desplazar la sociedad, ni la Iglesia al estado, ni la caridad a la justicia, sino que viene a proporcionar la clave para comprender la historia y para iluminarlo todo desde el Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo: “Dios no nos exime del propio esfuerzo. La fe no es un sortilegio mágico, pero nos proporciona la clave para aprender de nosotros mismos, para que nos examinemos y preguntemos quiénes somos” (24) El cristianismo no es simplemente “moralismo”, sino la historia común de Dios con el hombre, una historia en la que predomina el don de Dios y en la que nosotros aprendemos a actuar como hombres (25); el cristianismo no aporta tanto fórmulas o normas, sino ante todo la verdad que nos ilumina y es el mismo Cristo (26). La fe cristiana es algo vivo que incluye toda la persona, en toda su dimensión, la introduce en el proyecto de Dios y le da sentido: “El sentido es algo que nos sustenta, que precede y desborda nuestros propios pensamientos y descubrimientos, y sólo de esa manera posee capacidad de sustentar nuestra vida” (27).

Lo específico cristiano parte de Cristo, que ha manifestado a Dios a través de la humildad, la pequeñez, el rebajamiento y la cruz, que se convierte en principio esencial de sabiduría cristiana y clave para comprender el misterio del hombre desde el proyecto salvador de Dios. Nos manifiesta la “ley de la pequeñez” como modelo fundamental de la actuación divina: Dios baja a nosotros; Dios es tan grande y se hace pequeño para dignificar nuestra pequeñez humana. “Jesús nos muestra que el auténtico ascenso consiste precisamente en descender. Que llegamos a lo alto cuando bajamos, cuando nos volvemos sencillos, cuando nos inclinamos hacia los pobres, hacia los humildes” (28).

Por otra parte, “la Iglesia no existe para sí misma, sino para la humanidad, para que el mundo llegue a ser un espacio para la presencia de Dios” (29). Por eso mismo, la Iglesia “debe responsabilizarse ante todo de los problemas del hombre; por tanto, no puede anteponer de ninguna manera sus propias preocupaciones; su primera preocupación tiene que ser los problemas de nuestro tiempo, la forma de relacionarse con las condiciones culturales, sociales y económicas” (30). La Iglesia existe para llevar al hombre la luz de Cristo y poder llevar a todo lo humano el sentido cristiano.

Lo específico cristiano lleva a la purificación y elevación del eros, a amar al prójimo en Dios y por Dios, a amarle desde la perspectiva de Jesucristo, a amar más allá de la justicia. Lo específico cristiano “purifica la razón”, da sentido último a la ética y “reaviva las fuerzas morales”. En definitiva, da alma a la solidaridad y la justicia; hace patente y presente el sentido gratuito y oblativo del amor.

4.    Ejes teológicos de la encíclica

Los ejes teológicos en torno a los cuales gira todo el desarrollo de la encíclica  serían a mi modo de ver los siguientes:

1)    Dios es amor (1Jn 4, 16)

Dios es lo primero y está en el origen de todo. El es la fuente de todo: de la verdad, el amor, la belleza, la vida… “Dios es la fuente originaria de todo ser” (Nº 10), pues Dios es “el que es”, el que sustenta y hace posible todo ser. Toda la creación es obra de su amor, pero lo es, sobre todo, el hombre, imagen de Dios y portador del espíritu divino. Por eso, la persona humana es fruto del amor divino y está hecha para amar y ser amada; el principio y el fin del hombre es el amor.

Glosando el comentario de San Ambrosio al texto evangélico “Sólo Dios es bueno y, por tanto, todo lo bueno es divino y todo lo divino es bueno” (31), podemos decir que sólo Dios es amor y todo verdadero amor es divino y todo lo divino es amor. En este sentido, podemos decir que tiene buena parte de razón L. Feuerbach,  cuando dice en “La esencia del cristianismo”: “El amor es Dios mismo y fuera de El no hay Dios. El amor convierte a Dios en hombre y al hombre en Dios. El amor fortalece lo débil y debilita lo fuerte, abaja lo que está arriba y eleva lo que está abajo, idealiza la materia y materializa el espíritu” (32).

A partir de este principio básico, podemos comprender que el amor es el don primero y más esencial,  unido a la vida misma,  y por eso mismo el amor tiende a la eternidad. El principio “Dios es amor” es, por lo mismo, determinante para comprender adecuadamente nuestra relación con Dios, nuestra vocación humana y nuestras relaciones interhumanas; para comprender en definitiva el sentido y el fin de nuestra existencia.

2)    Jesucristo, Amor encarnado

El misterio de Dios-Amor se hace visible y toma forma humana en Jesucristo a través de la encarnación. El es la manifestación plena y definitiva del Amor que culmina en su muerte redentora en la cruz: “Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor” (nº 10). Cristo es quien “da carne y sangre a conceptos, en un realismo inaudito” (nº 12). Es decir, Cristo es quien hace visible y humano el amor, la misericordia y el corazón compasivo del Padre, que busca la oveja perdida y acoge al hijo pródigo.

 Es, ante todo, el corazón traspasado de Jesús por nuestra salvación donde se nos manifiesta realmente que Dios es amor. Es en la cruz de Cristo donde puede contemplarse esta verdad primordial de Dios. Como el mismo Ratzinger dice en otro lugar: “La verdad está manifestada en la pobreza extrema del Crucificado. El Crucificado es el icono de Dios porque es la aparición del amor, y por eso la cruz es su glorificación” (33). Es en la entrega de su vida en la cruz, donde se nos manifiesta el amor oblativo como el único amor capaz de trasmitir vida para siempre y donde culmina el ágape divino. Si “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Cristo hace realidad este amor oblativo de Dios entregando su vida por la humanidad en la cruz.

3)    La Iglesia, comunidad de amor

El amor de Dios que culmina en Cristo, se prolonga en la Iglesia, cuerpo de Cristo y comunidad de amor en medio del mundo por el don del Espíritu. Del corazón de Cristo muerto en la cruz por nuestra salvación brota el Espíritu y brota la Iglesia para transmitir vida, crear comunión y comunicar el amor de Dios a cada persona humana a través de los sacramentos. Por eso mismo, “toda actividad de la Iglesia es la expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano” (nº 19). La caridad, junto al anuncio de la Palabra y la administración de los sacramentos, se convierte en tarea básica de la Iglesia como expresión del amor de Dios y el amor de Cristo.

El verdadero hogar  del amor es la comunidad (34) y, por eso, la Iglesia ha de ser “la casa y la escuela de la comunión” y del amor (35), lugar en el que todos los hombres puedan experimentar el amor absoluto e incondicional de Dios: “La Iglesia, como familia de Dios, debe ser un lugar de ayuda recíproca y al mismo tiempo de disponibilidad para servir, también a cuantos fuera de ella puedan necesitar ayuda” (nº 32). Por eso, pertenece a la esencia misma de la Iglesia esa actitud diaconal y en ella el obispo ha de ser  “padre de los pobres” y “abogado de los necesitados”. Todas las obras de caridad y servicio en la Iglesia son expresión de esta comunión de amor de la Iglesia con Cristo y del amor oblativo de Dios a la humanidad.

4)    La Eucaristía, perpetuación del amor entregado

El misterio de Dios-Amor y la donación de ese amor a través de Cristo, se perpetúa en la Eucaristía, que es misterio de comunión, de amor entregado y sangre derramada. En la Eucaristía se da la unión plena y perfecta de Dios con nosotros, llevando a plenitud el misterio de la encarnación. La Eucaristía es comunión de amor con Cristo y con el cuerpo de Cristo, que son los hermanos. En la Eucaristía “el ágape divino nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” (nº 14). En la celebración eucarística renovamos y participamos del misterio pascual de Cristo, donde culmina el amor del Señor a la humanidad; por eso, “la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús” (nº 13).

La institución de la Eucaristía resume lo que es Cristo, amor entregado y ofrecido, y realiza el misterio de la Iglesia como comunión de amor: “La Iglesia se construye en la Eucaristía y es Eucaristía. Comulgar es llegar a ser Iglesia porque significa llegar a ser un solo cuerpo con El” (36). Pero la Eucaristía realiza y expresa también lo que es la vida cristiana. Si la consagración manifiesta la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, la comunión eucarística tiende a la transformación de la propia vida para entrar en el misterio de comunión de amor con Cristo y con todos los que son de Cristo: “La comunión con Cristo abarca todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros; la comunión con Cristo es también necesariamente comunicación con todos los que son suyos: con ello yo mismo seré parte de ese nuevo pan que él crea en la transubstanciación de toda la realidad terrena” (37).

5)    El mandamiento del amor: alma de la ética y la solidaridad

Porque Dios es amor y porque la persona humana es fruto de su amor y está creada para amar y ser amada, por eso podemos entender que el mandamiento primero y principal sea  “amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo” (Mt 22, 37-38 y par.), como un único mandamiento; y por eso mismo Jesús les dijo a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).

No se trata de una mandamiento más, que se pueda poner y entender al mismo nivel de otros mandamientos, como p. e. no mentir u honrar a los padres. Se trata más bien de “una experiencia de amor que brota de dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros” (nº 18). Se trata, por tanto, de una especie de alma que da sentido y vida a todos los mandamientos y normas de comportamiento, como dice muy claramente la encíclica: “El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una exigencia: el amor puede ser ‘mandado’ porque antes es dado” (nº 14).

El amor compartido es una necesidad de quien reconoce el amor recibido gratuitamente. En el mandamiento se nos pide simplemente compartir con los demás lo que de Dios recibimos generosamente: su amor… Debemos amor al prójimo porque antes hemos sido amados por Dios, que nos amó primero: “No hay estímulo al amor más grande que haber sido amado previamente”, como dice San Agustín; o como  dice Santa Teresa también en el “Libro de la Vida”: “Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar” (38).

Cuando lo entendemos así, el mandamiento no se convierte en una “carga” o una obligación que nos pesa, sino que es un don que aligera nuestro camino hacia Dios (39). Amar gratuitamente es un don que enriquece y acrecienta nuestra identidad como imagen de Dios que somos: “El amor crece a través del amor. El amor es ‘divino’ porque proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante ese proceso unificador, nos transforma en un ‘Nosotros’, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea ‘todo para todos’” (nº 18). Este misterio se realiza en la Eucaristía; en ella participamos del ágape divino para convertirnos en lo que recibimos y para poder compartir con los demás los dones recibidos; en ella el ágape, el culto y el ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad (cf.. nº 14).

Conclusión

La encíclica tiene,  en su contenido y en su forma, una vinculación lógica con la trayectoria del pensamiento y la obra de J. Ratzinger, hoy Benedicto XVI. Contiene una gran riqueza teológica y espiritual, que invita a seguir reflexionando y a sacar las consecuencias prácticas para la vida y el testimonio cristiano.

__________________ 

Notas

(1)    Cf. H. Bacht, Enzyklika, en: Lexikon der Theologie und Kirche, Freiburg im Bresgau 1986,  Band 3, 910-911.

(2)    Homilía de la Eucaristía de inicio de pontificado.

(3)    J. Ratzinger, Reflexiones a propósito de “Fides et Ratio”, conferencia pronunciada en Madrid el 16 de febrero de 2000.

(4)    J. Ratzinger – P. Seewald,  La sal de la tierra, Madrid 2005, 73.

(5)    J. Ratzinger –V. Messori, Informe sobre la fe, Madrid 1985 (2ª), 70.

(6)    San Agustín, Confesiones, LX, XXIV.

(7)    J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor,  Salamanca 1999, 32.

(8)    Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático del 9 de enero de 2006.

(9)    J. Ratzinger, Reflexiones a propósito de la encíclica “Fides et Ratio”.

(10)J. Ratzinger – P. Seewald, Dios y el mundo, Barcelona 2005, 247.

(11)J. Ratzinger – P. Seewald, Ibd. 428.

(12)J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, 1995, 147.

(13)J. Ratzinger, Convocados en el camino de la fe, Madrid 2004, 52.

(14)J. Ratzinger – P. Seewald, La sal de la tierra, 307.

(15)Abbé Pierre, Testamento, Madrid 1994, 204.

(16)San Juan de la Cruz, Avisos espirituales, 1, 58.

(17)Juan Pablo II, Fides et Ratio, Introducción.

(18)J. Ratzinger, Convocados en el camino de la fe, 298-299.

(19)J. Ratzinger – P. Seewald, La sal de la tierra, 38.

(20)Ibd., 180

(21)J. Ratzinger – P. Seewald, Dios y el mundo, 16.

(22)J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, Madrid 2005 (3ª), 48.

(23)J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, 203.

(24)J. Ratzinger – P. Seewald, Dios y el mundo, 235.

(25)J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, 139.

(26)Cf. J. Ratzinger – P. Seewald, Dios y el mundo, 247.

(27)J. Ratzinger – P. Seewald, Dios y el mundo, 171.

(28)Ibd., 200

(29)J. Ratzinger, Convocados en el camino de la fe, 296.

(30)J. Ratzinger, Ser creyente en la era neopagana, 127.

(31)San Ambrosio, Oficio de Lecturas, sábado de la 2ª semana de cuaresma.

(32)Citado, en: B. Forte, La esencia del cristianismo, Salamanca 2002, 162.

(33)J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, 35.

(34)Cf. B. Forte, En memoria del Salvador, Salamanca 1997, 129.

(35)Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millenio ineunte, 43.

(36)J. Ratzinger, Convocados en el camino de la fe, 107-108.

(37)Ibd., 82.

(38)Santa Teresa de Jesús,  Libro de la Vida, X, 4.

(39)Como dice San Agustín acerca de la limosna: “Dios no sólo te hizo a ti, sino también al pobre contigo. Os dio a los dos esta única vida; en ella os encontráis como compañeros de viaje, camináis por el mismo camino. El no lleva nada, tu vas demasiado cargado. El no lleva nada consigo; tu llevas contigo más de lo que te es necesario. Vas cargado; dale a él de eso que tienes. De esta forma no sólo lo alimentas a él, sino que también aligeras tu carga” (Sermones, 61, 12)

Laurentino Novoa Pascual CP

Por Burillo - 27 de Abril, 2006, 17:37, Categoría: General
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BIENVENIDO

Sed bienvenido. Este es el blog de Burillo para poder informarte de los temas actuales de Teología y Espiritualidad. Aquí te sentirás como en tu casa. Encontrarás muchas respuestas a los interrogantes que más frecuenytemente nos hacemos en esta vida y los que nos cuestionamos referente a la vida futura.

Te saluda el Webmaster.

Por Burillo - 27 de Abril, 2006, 17:21, Categoría: General
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